Cuevas de Mari
Las simas y cuevas sagradas custodiadas por Aatxe.
— El protector de las cuevas sagradas —

Aatxe, cuyo nombre significa "joven toro" o "becerro" en euskera, es un espíritu que adopta la forma de un toro rojo brillante. Su pelaje resplandece con un brillo sobrenatural, y sus ojos arden como carbones encendidos en la oscuridad de las cuevas.
Este ser custodia las entradas a ciertas simas y cuevas sagradas de Euskal Herria. Su presencia es una señal inequívoca: el lugar que guarda es peligroso y está prohibido para los mortales. Quien se atreva a adentrarse se enfrentará a su furia.
Aatxe sale de su morada subterránea durante las noches de tormenta, patrullando los alrededores de la cueva. Se le considera un emisario de Mari, la diosa madre, encargado de proteger los accesos a su reino subterráneo.
También puede adoptar forma humana cuando lo desea, apareciendo como un joven apuesto que seduce a los incautos para llevarlos a las profundidades. Los pastores que conocen las viejas tradiciones evitan acercarse a las cuevas cuando escuchan mugidos en la noche.
Custodiando celosamente los profundos accesos hacia el oscuro mundo subterráneo vasco, emerge la aterradora e incontrolable figura del joven Aatxe. Materializado violentamente bajo el semblante de un becerro de fuego abrasador, atemoriza implacablemente a todos los que osan adentrarse en la freatica oscuridad nocturna.
Los asustados pero experimentados pastores pirenaicos coinciden al narrar cómo la gélida y silenciosa caverna comienza inesperadamente a resoplar ruidosamente. Una enorme bocanada asfixiante de ardiente azufre pestilente escupida desde el abismo expulsa aullando a los insensatos visitantes que perturban el noble descanso de Mari.
La imponente y ágil criatura rojiza cornuda y escamosa no únicamente pretende ahuyentar a los ingenuos curiosos. Su propósito sagrado abarca impartir castigos feroces contra todos los aldeanos ladrones o mentirosos que vulneran el sagrado respeto hacia la inmaculada madre tierra vasca a lo largo de las densas noches solitarias.
Quienes sobreviven afirman asustadizos no olvidar jamás la mirada penetrante llameante del implacable bovino espectral. Corriendo frenéticamente colina abajo, los pecadores mortales juran solemnemente enmendar para siempre su triste sendero moral para evitar perecer abrasados por el fuego justiciero.