Monte Anboto
Morada principal de Mari en Vizcaya, cumbre sagrada de la sierra de Urkiola.
— Señora suprema de cuevas y cimas —
Mari es la señora suprema de cuevas y cimas, la divinidad más importante del panteón vasco. Gobierna las tormentas, la justicia y los fenómenos atmosféricos desde sus moradas en las cumbres sagradas. Habita en Anboto, Txindoki y Aizkorri, cambiando de residencia según las estaciones del año.
Castiga severamente la mentira, el robo y el incumplimiento de promesas. Se presenta en múltiples formas: como mujer hermosa vestida de rojo con peine de oro, bola de fuego cruzando el cielo nocturno, o como animal en las profundidades de sus cuevas. Su consorte es Sugaar, el dragón del fuego, con quien engendró a sus hijos gemelos.
El nombre Mari ha sido objeto de debate. Algunos lo relacionan con andre (señora) o con influencias posteriores del nombre María. También se la conoce como Maya, Lezeko-Andre o Txindokiko Dama.
Lo que está claro es su papel como divinidad suprema femenina, anterior a cualquier influencia cristiana, representando el poder ctónico de la tierra y los elementos.
El encuentro de los dos dioses que desata las grandes tormentas.
Leyendas sobre la morada principal de la diosa en la montaña sagrada.
La historia de Atarrabi y Mikelats, luz y oscuridad nacidos de la diosa.
Relatos de castigos a mentirosos y transgresores de su ley sagrada.
Si existe un pilar indiscutible dentro de la inabarcable red de creencias de la mitología vasca, ese es Mari (frecuentemente llamada "La Dama", "Dama de Anboto" o Anbotoko Mari). Es la deidad principal de Euskal Herria, una figura femenina de imponente majestad y autoridad absoluta.
Distanciándose enormemente de los panteones de corte patriarcal traídos posteriormente por corrientes grecolatinas, Mari atestigua el potente origen paleolítico y matriarcal de la cosmovisión vasca. No responde ante ningún dios masculino, imponiendo un férreo orden natural desde lo más profundo de las montañas.
Mari mora en cavidades situadas en lo alto de macizos montañosos y simas profundas de Gipuzkoa, Bizkaia y Navarra. El monte Anboto es su santuario más afamado, aunque diversas leyendas registran que se traslada periódicamente entre las cumbres señeras como Txindoki, Aizkorri, Gorbea o Aketegi. Cuando la deidad decide trasladarse de una morada a otra, no transita por tierra: surca la bóveda del cielo volando envuelta en fuego cósmico, conduciendo un carro de llamas rutilantes o cabalgando sobre una grandiosa y resplandeciente bola de fuego, fenómenos a menudo asociados por los antiguos a cometas o bólidos espaciales.
Físicamente, Mari se presenta de múltiples formas fascinantes demostrando su dominio transformista absoluto sobre la naturaleza. Ordinariamente aparece como una mujer de abrumadora belleza y porte de realeza (a veces vistiendo prendas resplandecientes o coronas), pero tiene la plena potestad de materializarse como un animal protector y simbólico, siendo muy común su forma encarnada en un águila majestuosa, en una ráfaga torrencial de viento, una figura de un árbol ardiendo, o incluso en deidades zoomorfas menores como el fiero toro rojo o el buitre.
El poder folclórico de Mari no se fundamentaba únicamente en milagros e inclemencias meteorológicas, su papel central descansaba sobre el hecho de que ella fungía como la garantía del estricto código moral de la sociedad pastora tradicional. La Dama premiaba y castigaba basándose en un catálogo de pautas inquebrantables.
Condenaba inflexiblemente cuatro transgresiones principales: el engaño (la mentira o "el decir que no"), el hurto (la arrogación encubierta de lo ajeno), el orgullo altanero, y la ruptura de cualquier palabra dada.
Un viejo refreán vasco proclama: "Ezari eza, baiari ba" (A lo que es no, no, a lo que es sí, sí). Para Mari, si un granjero mentía afirmando tener menos ovejas de las que en realidad guardaba, ella se cobraba la diferencia en vidas de su rebaño real para enseñar severidad y equilibrio con la verdad. Por el contrario, a los caminantes justos y aldeanos sinceros de moral impertérrita, procuraba la salvación de cosechas guiando, junto a su esposo Sugaar, las tormentas graniceras destructivas a partes vacías de la montaña y regalando buena cosecha en el poblado.
Al acudir a su mítica caverna para consultarle o solicitar protección en tiempos de gran sequía cediendo alguna prebenda modesta (nunca cruenta), la tradición indicaba el cumplimiento de complicadísimos ritos de respeto ceremonial. Jamás debía uno girarse dándole la espalda al marchar, no podía uno sentarse en el interiór de su cueva por fatiga que sintiera, permaneciendo siempre respetuosamente en pie, y era impensable tutearla a la hora del habla, empleando siempre el pronombre honorífico 'Hi'.
Todo el folclore enraizado alienta a confirmar que, tras Mari, descansa la personificación máxima e insobornable de la propia naturaleza en Euskadi.