Los Hijos de Mari: Atarrabi y Mikelats

— Los gemelos de la dualidad —


Atarrabi y Mikelats

Ficha rápida

  • Lugar: Cuevas de Mari en Euskal Herria
  • Nombre en euskera: Atarrabi eta Mikelats
  • Seres implicados: Mari, Sugaar, Atarrabi, Mikelats
  • Motivos: dualidad, bien/mal, gemelos, educación
  • Cronología: Tradición oral ancestral
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La Leyenda

De la unión de Mari, la diosa madre, y Sugaar, la serpiente de fuego, nacieron dos hijos gemelos: Atarrabi y Mikelats. Aunque nacidos del mismo vientre sobrenatural, sus naturalezas eran opuestas como el día y la noche.

Ambos fueron confiados a un genio del inframundo para su educación en las artes mágicas. Durante años aprendieron los secretos del cosmos en las profundidades de una caverna. Pero llegó el momento de elegir su destino.

Atarrabi, el bondadoso, eligió escapar hacia la luz del sol. Emergió de la cueva para ayudar a la humanidad, enseñándoles agricultura, medicina y justicia. Algunas leyendas lo identifican con un santo cristiano, ejemplo de cómo la tradición pagana se fusionó con la nueva religión.

Mikelats, el maligno, prefirió permanecer en la oscuridad. Se asoció con las tormentas, los rayos y las desgracias. Cuando el granizo destruye las cosechas o un rayo incendia un caserío, los ancianos dicen que es obra de Mikelats. Juntos, los gemelos representan el equilibrio dual del cosmos vasco.

Criaturas relacionadas

Fuentes y documentación

  • J.M. Barandiaran (1972): Mitología Vasca
  • J.M. Barandiaran: Diccionario de Mitología Vasca
  • A. Ortiz-Osés: El matriarcalismo vasco

Atarrabi y Mikelats: La lid incesante entre la luz y la oscuridad

Muy pocas deidades despojan al intelecto humano campesino de su inocencia con tanta exactitud moralizadora como el eterno mito protagonizado por Atarrabi y Mikelats. Encarnando de forma descarnada el dualismo cosmológico universal que impregna a las deidades mayores de Euskal Herria, esta apasionante leyenda sitúa a ambos protagonistas como hijos nacidos de la simiente del rayo (Sugaar) y la roca suprema matriarcal (Mari).

El descenso y el aprendizaje prohibido

Las innumerables historias recabadas por etnógrafos sitúan el arranque de su tragedia en las entrañas telúricas calizas del País Vasco. A fin de absorber los incuantificables saberes ocultos primitivos de la brujería natural que dominan a los truenos o manejan los tiempos de tormenta, los hermanos fueron confinados o entregados a un genio demoníaco maligno llamado popularmente bajo el apodo Etsai liderando su antro sombrío.

Transcurrieron infinidad de lunas agrias y duras labores donde el hermano envidioso y destructivo Mikelats bebía insaciable conjuros para desollar cosechas con granizo por mera maldad, mientras que el joven Atarrabi asimilaba con tenacidad las habilidades blancas defensivas para salvaguardar los trigales ajenos inocentes y las majadas ganaderas.

El cedazo hablador y el escape audaz hacia Eguzki

El temible pacto formativo de su tenebroso maestro ostentaba una cláusula terrible que obligaba inquebrantablemente a entregar y dejar retenido prisionero al último alumno en salir vivo de la cueva al graduarse condenado a la oscuridad eterna en pago escolar. Para desbaratar las ruines intenciones del diablo, Mikelats conspiró para ceder a su bondadoso hermano pero el inteligente Atarrabi tramó el insuperable engaño final legendario.

Ordenado por Etsai para separar paja fina de harina con suma parsimonia como castigo, el joven hechizó su utensilio de cribado para que respondiera mágicamente con una voz chillona diciendo repetidas veces "¡Aquí sigo!" y "¡Ya casi termino!". Aprovechando que la cruel bestia permanecía relajada confiando en el laborioso sonido ajeno en lo profundo mineral, el genio luminoso voló raudo e impávido escapando directo hacia los valles soleados.

Al reaccionar el maestro y abalanzarse desesperadamente sellando las lozas de las montañas solo pudo alcanzar de él su alargado resquicio sombrío arrancándole con fuerza y cortando de raíz mágicamente en el umbral su etérea sombra espectral. Privado estéticamente por siempre de tener un reflejo bajo el Sol (Eguzki), Atarrabi se instaló libre y eterno en la serranía, ejerciendo para la humanidad un guardián desinteresado que ampara sin recelo todas las malhumoradas travesuras del envidioso Mikelats hasta el final de las estrellas.