Monte Anboto
Morada principal de Mari, hija de Amalur, en la sierra de Urkiola.
— Madre Tierra primordial —
Amalur es la Madre Tierra, el origen primordial de toda vida en Euskal Herria. De su seno nacen los seres y a ella regresan al morir. Representa el vínculo sagrado entre los vascos y su territorio ancestral, siendo la base sobre la que se construye toda la cosmovisión del pueblo vasco preindoeuropeo.
En la mitología vasca, Amalur es la fuente de donde surgen todas las criaturas y divinidades. Es el útero cósmico del que nacen el Sol (Eguzki) y la Luna (Ilargi), y el refugio subterráneo al que regresan las almas tras la muerte. Las cuevas son consideradas entradas a su reino, puertas entre el mundo visible y el invisible.
El nombre Amalur proviene del euskera: ama (madre) y lur (tierra). Su significado literal es "Madre Tierra". Es el concepto más antiguo y fundamental de la espiritualidad vasca.
También se la conoce como Lurra o Lurbira en diferentes comarcas. Representa la tierra viviente de la que surge y a la que retorna todo lo existente.
Cómo Amalur dio a luz a Eguzki e Ilargi para iluminar el mundo.
La relación entre la diosa suprema y el origen primordial de todo.
Puertas al mundo subterráneo donde habita el espíritu de Amalur.
Creencias sobre el viaje de las almas de vuelta al seno de Amalur.
En el panteón de la mitología vasca, ninguna entidad reviste tanta importancia fundacional como Amalur, también conocida como Amalurra, Lurra o Lurbira. El término se traduce de manera directa desde el euskera como "Madre Tierra" (de ama, que significa madre, y lur, que significa tierra).
Lejos de ser una mera personificación del terreno que se pisa, Amalur es el principio cósmico de todo lo vivo y la bóveda final a la que todos los seres regresan. Representa la fecundidad infinita y el refugio incondicional del pueblo vasco.
Para los antiguos pobladores de Euskal Herria, la superficie de la Tierra es únicamente el velo que cubre un cosmos interno vasto, rico y oscuro gobernado por Amalur. En estas entrañas telúricas habitan los antepasados y residen fuerzas poderosas de la naturaleza. Las cavernas, simas y pozos profundos repartidos por la escarpada geografía vasca (como la cueva de Santimamiñe o las simas de Aralar) no eran vistas como simples agujeros geológicos, sino como los canales de comunicación y puertas sagradas hacia el útero de la Madre Tierra.
Por estas cavidades transitan no solo genios folclóricos, sino las propias almas humanas al abandonar el mundo físico.
Dentro del vientre de Amalur la vida bullía. Según creencias milenarias que sobrevivieron al avance de las religiones indoeuropeas y al cristianismo posterior, es Amalur quien provee a los seres humanos de hábitat, sustento para los rebaños, las cosechas de cada ciclo estaciónal, y el refugio definitivo.
Cada ser pertenece a Amalur, lo que cimentó un sentimiento de profundo respeto naturalista inquebrantable en las tradiciones agrícolas y pastoriles.
Al contrario que en sistemas mitológicos solares o patriarcales (como el griego o el romano), el folclore vasco eleva a la tierra a la jerarquía de creadora suprema incluso sobre los astros. La mitología narra que ante la oscuridad insondable en la que vivían los primeros seres y para protegerles de los genios nocturnos y espíritus dañinos, **Amalur dio a luz primero a Ilargi** (la Luna, concebida como la luz de los muertos) **y, ante la insuficiencia de su lumbre, gestó a Eguzki** (el Sol, considerado protector activo contra las fuerzas oscuras).
Por esta razón, el euskera tradicional se dirige a estos astros femeninos como *Ilargi Amandrea* (Abuela Luna) y *Eguzki Amandrea* (Abuela Sol), recalcando su filiación directa como hijas luminosas de la tierra ancestral. Cae la tarde cuando el sol se sumerge en los mares del Finisterre para viajar por el subsuelo oscuro, descansando en el seno de su creadora Amalur hasta renacer al día siguiente.
Un punto fascinante del estudio antropológico del folclore vasco reside en la interconexión mística entre Amalur y Mari, la figura de deidad más recurrente. Mientras Amalur representa el continente absoluto, el receptáculo ciego y generador total (una especie de equivalente al abismo cósmico o la Pachamama), Mari funciona como su representante, la encarnación y ejecutora de la voluntad natural sobre la faz del mundo visible.
Mari, la "Dama de Anboto", actúa castigando la mentira, administrando el clima y exigiendo justicia, obrando como el avatar activo de una Madre Tierra eterna, latente y todopoderosa.