Cuevas del País Vasco
Consideradas entradas al reino subterráneo de Amalur, donde descansan los astros.
— Cómo Amalur creó los astros para iluminar el mundo —
En el principio de los tiempos, cuando el mundo estaba sumido en una oscuridad eterna, los primeros humanos vivían aterrados por las criaturas que acechaban en las tinieblas. Amalur, la Madre Tierra, escuchó sus lamentos y decidió ayudarles.
De su seno profundo, de las entrañas mismas de la tierra, Amalur dio a luz dos seres luminosos: Eguzki, el Sol, y Ilargi, la Luna. Eguzki nació primero, un ser de fuego y luz cegadora que ascendió al cielo rasgando la oscuridad. Las criaturas nocturnas huyeron despavoridas ante su resplandor.
Pero Amalur sabía que los humanos también necesitaban descansar, y que Eguzki no podía brillar eternamente. Así nació Ilargi, la Luna, cuya luz plateada era más suave y permitía el sueño, pero aún mantenía alejados a los peores espíritus. Los hermanos acordaron turnarse: Eguzki gobernaría el día e Ilargi la noche.
Desde entonces, cada amanecer es el reencuentro de Eguzki con el mundo, y cada anochecer su regreso al vientre de Amalur para descansar. Mientras tanto, Ilargi vela por los vivos y guía las almas de los difuntos hacia el mundo subterráneo de la Madre.
Consideradas entradas al reino subterráneo de Amalur, donde descansan los astros.
Por donde Eguzki emerge cada mañana del seno de la Madre Tierra.
En el principio de los tiempos vascos, cuando la tierra todavía no había aprendido del todo su propio ritmo, las noches eran absolutas e ininterrumpibles. Sin la menor traza de luz que guiara o consolara, los primeros seres que habitaban el territorio vivían presos en un miedo continuo del que no conocían salida.
Recurrieron a Amalur, la madre tierra, y le suplicaron que encontrara alguna forma de alumbrar la oscuridad sin destruirla del todo. La diosa escuchó sus ruegos con la paciencia de quien ha existido antes que el tiempo mismo y comenzó a trabajar desde sus entrañas ígneas.
Amalur parió primero a Eguzki, el sol, cuya luz dorada y caliente ahuyentó a todos los seres nocturnos hacia las profundidades. Luego, para que la noche no quedara completamente desprotegida, trajo al mundo a Ilargi, la luna, con su luz más suave y misteriosa que no asusta sino que acompaña.
Desde entonces las dos hermanas se turnan para cubrir el cielo sin que ninguna tenga que cargar sola con el peso completo de la labor. Esta división del trabajo luminoso entre las dos hijas de la tierra madre es también una lección sobre la colaboración y el respeto entre iguales que cumplen funciones distintas.