Cuevas y simas
Entradas al mundo subterráneo hacia donde Ilargi guía las almas.
— Ilargi: la Luna que guía a las almas —
El nombre de Ilargi revela su esencia: viene de hil (muerto) y argi (luz). Es literalmente la "luz de los muertos", la luminaria que guía a las almas en su último viaje hacia el seno de Amalur, la Madre Tierra.
Cuando alguien moría en un caserío vasco, los ancianos miraban al cielo nocturno. Si la Luna brillaba clara, era señal de que Ilargi estaba preparada para recibir al difunto y guiarlo por los caminos del más allá. Las noches sin luna eran peligrosas: las almas podían perderse en la oscuridad.
Se decía que las almas de los recién fallecidos seguían la luz de Ilargi hacia las cuevas y simas, entradas al mundo subterráneo. Bajo la tierra, en el vientre de Amalur, encontraban finalmente el descanso junto a los ancestros. Por eso los antiguos vascos preferían morir de noche, cuando la Luna podía guiarlos.
Las argizaiolas, las tablas de cera que se encendían en memoria de los difuntos, representaban esta luz lunar. Se mantenían ardiendo durante la noche para que el alma no se perdiera, imitando el brillo plateado de Ilargi.
Entradas al mundo subterráneo hacia donde Ilargi guía las almas.
Donde la luz de Ilargi bañaba las tumbas de los ancestros.
A lo largo de infinidad de apartados pueblos navarros se perpetúa celosamente uno de los ritos funerarios más sobrecogedores de Euskal Herria. El encendido inquebrantable de las hermosas argizaiolas ancestrales conecta el mundo triste de los vivos terrenales con los frágiles y callados difuntos celestiales en una ceremonia imborrable.
Las viejas etxeko-andreak o madres protectoras del caserío acudían lúgubremente hacia la pesada y fría iglesia parroquial de la pradera. Allí encendían rotunda y metódicamente con sumo esmero el frágil y delgado hilo luminoso incombustible sobre la elaborada y tallada pieza de madera antigua familiar con infinita devoción y respeto.
La antiquísima creencia antropológica vasca arcaica asimilaba la tumba fría e inhóspita sencillamente como una prolongación aburrida del mítico e inigualable hogar primordial originario. Si ese reconfortante e íntimo calor familiar lograba apagarse fatídicamente de forma irremediable de la iglesia, el alma del abuelo gimiendo temblaría sola aterrada y congelada.
Con esta llama parpadeante y tierna lograban transmitir espiritualmente todo el amor y amparo inagotables del caserío cálido vasco a sus amados. Sobre las heladas sepulturas este brillo antiguo sigue logrando vencer incansablemente al implacable vacío lúgubre de una oscuridad amenazante fúnebre dolorosa.