Cueva de Tartalo
Donde el cíclope ofreció el anillo maldito al pastor.
— La trampa del cíclope para sus prisioneros —
Cuando el joven pastor logró cegar a Tartalo con la estaca ardiente, el cíclope enfurecido decidió cambiar de estrategia. Con voz melosa y fingida humildad, le ofreció un regalo de paz: un hermoso anillo de oro brillante. "Tómalo como disculpa por haberte capturado", dijo el gigante. "Es mágico y te traerá buena fortuna para siempre".
El joven pastor, desconfiado pero tentado por el brillo del oro, se puso el anillo en el dedo. En ese mismo instante, el anillo comenzó a gritar con una voz aguda e incesante: "¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!" El sonido resonaba por toda la cueva, revelando su posición exacta al monstruo ciego.
Tartalo, guiado por el sonido traicionero, se abalanzó sobre el pastor, que apenas logró esquivar sus enormes manos. El joven intentó quitarse el anillo desesperadamente, pero estaba pegado a su dedo como si formara parte de su propia carne. Ninguna fuerza podía arrancarlo.
Solo le quedaba una opción terrible: con el cuchillo que llevaba en el cinto, se amputó el dedo anular de un solo tajo y arrojó el anillo gritón hacia un precipicio cercano. Tartalo se lanzó tras el sonido y cayó al abismo sin fondo. El pastor, sangrando pero victorioso, había derrotado al monstruo usando su propia trampa en su contra.
Donde el cíclope ofreció el anillo maldito al pastor.
Donde cayó Tartalo persiguiendo el sonido del anillo.