Dormitorios del caserío
Donde Inguma acechaba a los durmientes desprevenidos.
— Cuando Inguma roba el último suspiro —
Inguma se desliza por las rendijas de las ventanas cuando la casa duerme en silencio. Invisible y sin peso, se posa sobre el pecho del durmiente y comienza a presionar, lentamente, mientras intenta aspirar su último aliento. Es un ladrón de vida que actúa en las horas más profundas de la noche.
Quienes despiertan a tiempo sienten el peso terrible sobre su corazón, la parálisis de los miembros, la imposibilidad de gritar. Ven una sombra sin forma inclinada sobre ellos, sintiendo cómo algo invisible les roba el aire de los pulmones, gota a gota, respiración a respiración.
Los ancianos enseñaban una oración que debía recitarse antes de dormir: "Inguma, a ti te digo que dejes en paz a esta casa y sus habitantes". Quien olvidaba la oración quedaba desprotegido. Los que morían en sueños sin causa aparente, decían que Inguma había logrado su propósito: robar el aliento completo, llevándose con él la vida.
Para protegerse de Inguma, los vascos colocaban ramas de espino en las ventanas, colgaban ajo sobre la cabecera de la cama, y nunca dejaban las ventanas abiertas durante la noche de luna nueva, cuando el poder de Inguma era más fuerte. Estas costumbres perduran hoy como supersticiones cuyo origen se ha olvidado.
Donde Inguma acechaba a los durmientes desprevenidos.
Hogares protegidos con espino y ajo contra el ladrón nocturno.

