Umbrales de hogares
Donde Herio espera pacientemente cuando llega la hora señalada.
— Cuando Herio viene a buscar a alguien —
Hubo una vez un hombre muy rico en las tierras de Bizkaia, tan rico que poseía más caseríos que días tiene el año y más cabezas de ganado que estrellas hay en el cielo. Este hombre temía a la muerte por encima de todas las cosas, y había contratado a los mejores curanderos y brujos para mantenerla alejada.
Una noche de invierno, cuando el viento aullaba entre los robles y la nieve cubría los campos, alguien llamó a su puerta. Cuando el criado abrió, no había nadie visible. Pero una voz susurró en el umbral: "Vengo a buscar al amo de esta casa". Era Herio, la Muerte, que había llegado a cobrar lo que le correspondía.
El hombre rico intentó esconderse. Se refugió en el sótano más profundo, cerró todas las puertas con cerrojos de hierro, puso crucifijos en cada ventana. Pero cuando giró la cabeza, Herio estaba allí, tranquila y paciente, esperándolo con los brazos abiertos.
"Puedes correr hasta el fin del mundo", dijo Herio con voz suave como la brisa de otoño, "pero cuando pronuncio tu nombre, hasta el mismo tiempo se detiene para esperarte. No me temas, porque no soy tu enemiga. Solo soy el umbral entre lo que fuiste y lo que serás". Y así el hombre rico, que temía tanto la muerte, la aceptó con serenidad cuando entendió que era simplemente el paso natural hacia el regazo de Amalur, la Madre Tierra.
Donde Herio espera pacientemente cuando llega la hora señalada.
Lugares sagrados donde los difuntos descansan junto a sus ancestros.