Encrucijadas
Los cruces de caminos donde Zezengorri aguarda a los viajeros.
— El encuentro nocturno de un viajero con Zezengorri —
Era medianoche cuando Joseba de Aizarnazabal regresaba de la feria de ganado de Azpeitia. Sabía que no debía caminar tan tarde por los senderos de montaña, pero el vino de la taberna le había dado valor falso. Cuando llegó a la encrucijada donde se juntaban cinco caminos, escuchó un bramido que hizo temblar las piedras.
De entre las sombras surgió Zezengorri, el toro rojo como la sangre con ojos que ardían como rescoldos de brasa. No era un animal normal: de su piel emanaba un resplandor rojizo que iluminaba la noche, y cuando pisaba el suelo, saltaban chispas de las piedras. La bestia inclinó sus cuernos hacia Joseba.
El hombre corrió como nunca había corrido, sintiendo el aliento caliente del monstruo en su espalda. Zezengorri no mugía: bramaba palabras en una lengua anterior a todas las lenguas, maldiciendo a quien osaba profanar las horas de la noche. Joseba tropezó, cayó, y vio a la bestia cernirse sobre él.
Cuando llegó el amanecer, el perseguidor desapareció. Una marca quemada junto al camino conservó en el cuento el recuerdo de la noche, sin confundir las pezuñas del toro con una herradura de caballo.
El viajero oye a una bestia y trata de cambiar de camino. Cada desvío parece devolverlo al alcance del mismo perseguidor.
La oscuridad impide reconocer el terreno y hace que el toro rojo domine la escena sin mostrarse por completo.
El amanecer termina la persecución, pero una marca en el suelo conserva dentro del cuento el recuerdo del encuentro.
La leyenda transforma el regreso de una feria en una prueba de desorientación y miedo ante una presencia sobrenatural.