Ermita de San Juan
El templo en la cima del islote donde se guarda la huella del santo.
— El islote sagrado de Gaztelugatxe —
En lo alto de un islote rocoso unido a tierra por un espectacular puente de piedra, se alza la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Según la tradición, el propio San Juan Bautista llegó a estas costas desde Tierra Santa, y al pisar la roca dejó grabada la huella de su pie.
Los peregrinos suben los 241 escalones que serpentean por la roca hasta alcanzar la ermita en la cima. Una vez allí, tocan la huella del santo tres veces pidiendo protección y buena fortuna. También hacen sonar la campana tres veces para que se cumplan sus deseos más profundos.
Los marineros de la costa vizcaína han venerado este lugar durante siglos like protector contra las tormentas y los peligros del mar. La ermita ha sobrevivido a incendios, ataques de piratas y las inclemencias del Cantábrico, reconstruyéndose una y otra vez gracias a la devoción popular.
El islote de Gaztelugatxe, cuyo nombre significa "castillo de roca" en euskera, mezcla la belleza sobrenatural de su paisaje con la magia de las leyendas, convirtiéndose en uno de los lugares más visitados y queridos de la costa vasca.
El templo en la cima del islote donde se guarda la huella del santo.
El espectacular litoral vizcaíno donde se alza Gaztelugatxe.
Sobre un espectacular islote rocoso escarpado dramáticamente cincelado durante eones por las insidiosas y furiosas oleadas frías del atlántico bravo emerge la escalinata serpenteante milenaria que asciende empinada y vertiginosa hacia San Juan de Gaztelugatxe. Entremezclando hechos asombrosos marinos reales piratas medievales con relatos míticos protectores de deidades marinas antiquísimas reconvertidas de Euskal Herria, resulta imposible negar la contundente veneración profunda hacia este enigmático penacho geológico colosal vasco.
Según susurran perpetuamente los ancianos pescadores arrantzales arraigados tenaces procedentes de Bermeo y Bakio al descender con sus frágiles embarcaciones pesqueras cerca del traicionero santuario rocoso traicionero de arrecifes traicioneros afilados colosales, la peña no fue siempre lugar devoto ermitaño.
Asegura incólume la antigua leyenda medieval que el santo San Juan arribó milagrosa e imprevistamente en un modesto salto sobrenatural desde el cercano puerto limítrofe saltando inmensamente sin usar barco para amparar urgentemente al pueblo desprotegido ante plagas e incursiones terribles paganas malditas de demonios corsarios sanguinarios y herejes corsarios despiadados franceses como el temible Francis Drake.
Cuentan emocionados que tras dejar una imborrable y eterna huella hendida petrificada mágica sobre el mismísimo borde rocoso en la primera trepidante escalera calcárea donde se posó divinamente (la cual hoy todo visitante venerando y rezando posa el pie implorando cura), repelió de inmediato a toda amenaza exterior logrando desviar tormentas mortales.
El sobrecogedor ritual purificador contemporáneo no obvia el dramático sustrato antiguo donde las aterradoras Sorgiñas locales (brujas oscuras de gran calaña y temible hechicería oscura pre-indoeuropea) invocaban desde allí galernas implacables en reuniones inconfesables con machos cabríos danzando las noches despojadas de verano.
Frente a esta terrible herencia, se arraigó férreamente la actual creencia contundente sagrada donde los incondicionales marineros desesperados amenazados naufragando lograban salvar siempre sus endebles barcos de la voraz muerte inminente ahogándose invocando directamente rindiendo lisonja leal hacia este risco.
En la actualidad miles de valientes visitantes curiosos peregrinando logran trepar resoplando extasiados para hacer sonar en la empinada cumbre solemnemente hasta tres clamorosas e intimidatorias campanadas rotundas contundentes de incalculable sonido, suplicando y atrayendo con ellas la prosperidad fructífera anhelada mientras se frena eternamente todo dolor y resaca del inclemente y destructivo oleaje cántabro profundo.