Ataun
Localidad guipuzcoana donde servía el sacerdote antes de su maldición.
— El sacerdote condenado a vagar —
En la parroquia de Ataun, en Gipuzkoa, servía un sacerdote llamado Mateo Txistu que tenía una pasión incontrolable: la caza. Sus perros eran su mayor orgullo, y nada le gustaba más que perseguir liebres y jabalíes por los montes.
Un fatídico domingo, mientras celebraba la misa, escuchó a sus perros ladrar en el monte. Un jabalí pasaba cerca de la iglesia. Sin poder contenerse, Mateo Txistu abandonó el altar en plena consagración y salió corriendo tras la presa.
Por este terrible sacrilegio fue condenado a vagar eternamente por los montes de Gipuzkoa, persiguiendo para siempre presas que nunca alcanzará. Su jauría espectral lo acompaña, y en las noches de tormenta se oyen sus aullidos resonar entre las cumbres.
Quienes escuchan el galope de su caballo y el ladrido de sus perros saben que Mateo Txistu sigue cazando sin descanso, pagando eternamente por haber antepuesto su pasión mundana a sus obligaciones sagradas.
Localidad guipuzcoana donde servía el sacerdote antes de su maldición.
Las cumbres por donde Mateo Txistu vaga eternamente con su jauría.
Atrayendo los ancestrales efigies germánicas del folclore nórdico sobre el cazador maldito y mezclándolos contundentemente con el incipiente moralismo católico inquisitorio vasco, aparece galopando desesperado el legendario drama folclórico de Mateo Txistu. Dependiendo del frondoso valle y el dialecto en que sea mencionado en el país cantábrico se le puede escuchar susurrando con terror familiar en las lumbres bajo los nombres alternos de Martin Abade o el cura Don Juanito Txistularia, siendo todas variantes regionales del ineludible mito punitivo puritano que fustiga el pecado capital indomable.
Los escalofriantes relatos rurales coinciden sin variación estructural alguna en el escenario de la ofensa. Era en general Mateo contemplado afectuosamente como un simple, bueno pero irredento párroco que adolecía irremediablemente de un fanatismo patológico obsesivo por el noble arte rústico cinegético y por sus queridos perros pastores labradores rastreadores.
Transcurre la liturgia sagrada del Domingo Mayor en el abarrotado ábside cuando de pronto una veloz y desafiante liebre blanca (o perro espoleado por el engaño de entidades crueles malignamente tentadoras del paganismo vasco pre-romano) cruza rauda por el pórtico lateral yugular. Turbado instintivamente el corazón del eclesiástico e incapaz soberbiamente de resistirse su irrefrenable instinto canino, suelta insolente y bruscamente los objetos santos y brama animando a su jauría frenética corriendo a lomos de caballo fuera del recinto románico desatando en su osada acción una falta herética capital humillante contra toda la creencia sacra euskaldun comunitaria y abandonando atónitos a sus vecinos de la aldea en el altar.
En condena a su imperdonable sacrilegio egocéntrico priorizando cazar frente el rezo sagrado obligado aldeano, el mismísimo alto designio profético le aboca fulminantemente a la más incomprensible de las torturas fantasmales psíquicas. Transformado en bruma e inmaterial, será prisionero sin descanso obligado a cabalgar aterrorizado una persecución eterna tras unos animales intangibles inalcanzables a través del vasto cielo guipuzcoano sin cruzar puerta en jamás reposo.
Los ancianos repiten que cada fiera e incomprensible noche donde la violenta y súbita tormenta arrecia desbocando el pánico destrozando ventanas castañeras no es en modo alguno obra de brujas traviesas enfadadas o de Aatxe renegando, sino que es sencillamente el temible resoplar furioso galopante de la manada infernal e incesante que Mateo Txistu arrastra por los profundos acantilados, suplicando desesperado redención estéril por no saber domar los instintos pasionales frente al riguroso respeto espiritual vasco de sus pobladores mortales originales.