
Caseríos abandonados
Donde quedaron encerrados los Galtzagorriak.
— El precio de tener sirvientes que nunca descansan —
Los Galtzagorriak son sirvientes perfectos: trabajan sin descanso, no comen, no duermen, y completan cualquier tarea en un abrir y cerrar de ojos. Pero hay una condición terrible que pocos conocen: nunca pueden quedarse ociosos. Si no tienen trabajo que hacer, se vuelven contra su propio amo.
Un comerciante codicioso invocó a los Galtzagorriak para hacerse rico rápidamente. Al principio todo iba de maravilla: sus campos se araban solos antes del amanecer, su ganado engordaba sin esfuerzo alguno, su casa brillaba como un espejo. Pero pronto se quedó sin tareas que encomendarles.
"¡Trabajo! ¡Trabajo!" exigían las vocecillas, día y noche, sin descanso ni piedad. El comerciante desesperado les ordenaba tareas absurdas e imposibles: contar todas las hojas de los árboles del bosque, vaciar el mar con un dedal. Pero siempre terminaban demasiado rápido, y las voces volvían más insistentes.
Finalmente, enloquecido por las voces incesantes que no le dejaban dormir ni pensar, el hombre huyó de su propia casa abandonando toda su riqueza. Dejó a los diablillos encerrados para siempre en el desván, donde dicen que aún hoy se escuchan sus voces reclamando trabajo.

Donde quedaron encerrados los Galtzagorriak.

Donde se escuchan sus voces incesantes.
Los galtzagorriak eran famosos en los caseríos vascos por su absoluta incapacidad de permanecer ociosos. Sin una tarea constante a la que aplicar su energía desbordante, estos pequeños seres de color rojo comenzaban a desquiciarse y arrastraban en su caos a toda la familia que los albergaba.
Un amo que adquiría uno de estos geniecillos dentro de su tubo de latón misterioso obtenía una ayuda doméstica prodigiosa, pero contraía también una responsabilidad agotadora. Debía tener siempre preparada una tarea nueva antes de que terminaran la anterior, sin dar margen para el reposo.
El método más famoso para descansar de los galtzagorriak era pedirles que vaciaran el mar con un cestillo de mimbre o que contaran los granos de una playa entera. Absortos en la tarea imposible, los diablillos dejaban de molestar durante horas sin que el amo tuviese que mentirles.
Esta leyenda funciona como una metáfora reconocible sobre los compromisos que se adquieren sin medir bien sus consecuencias. Lo que parece una ventaja ilusoria al principio puede convertirse en una carga permanente que consume más energía de la que aporta al que la posee sin reflexión.