
Caseríos abandonados
Donde quedaron encerrados los Galtzagorriak.
— El precio de tener sirvientes que nunca descansan —
Los Galtzagorriak son sirvientes perfectos: trabajan sin descanso, no comen, no duermen, y completan cualquier tarea en un abrir y cerrar de ojos. Pero hay una condición terrible que pocos conocen: nunca pueden quedarse ociosos. Si no tienen trabajo que hacer, se vuelven contra su propio amo.
Un comerciante codicioso invocó a los Galtzagorriak para hacerse rico rápidamente. Al principio todo iba de maravilla: sus campos se araban solos antes del amanecer, su ganado engordaba sin esfuerzo alguno, su casa brillaba como un espejo. Pero pronto se quedó sin tareas que encomendarles.
El mercader les ordenó tareas cada vez más laboriosas: contar los árboles del bosque, ordenar montones de grano y trasladar piedras de un extremo del valle al otro. Los diablillos terminaban pronto y volvían a pedir trabajo. La riqueza ya no le dejaba descansar.
Finalmente, enloquecido por las voces incesantes que no le dejaban dormir ni pensar, el hombre huyó de su propia casa abandonando toda su riqueza. Dejó a los diablillos encerrados para siempre en el desván, donde dicen que aún hoy se escuchan sus voces reclamando trabajo.

Donde quedaron encerrados los Galtzagorriak.

Donde se escuchan sus voces incesantes.
Los Galtzagorriak cumplen las órdenes del mercader con una rapidez que al principio parece resolver todos sus problemas.
Cada tarea terminada provoca una nueva exigencia. El dueño descubre que disponer de ayudantes incansables también lo obliga a mantenerse ocupado.
Las órdenes se vuelven cada vez más complicadas, pero ninguna faena corriente consigue devolverle el descanso.
La huida del dueño invierte el sentido del regalo: la riqueza deseada termina siendo una carga de la que necesita desprenderse.