Bosques de Navarra
Donde Olentzero trabaja como carbonero, fabricando el carbón que transforma en regalos.
— El carbonero que trae la luz en la noche más larga —
Cuando el Kixmi (Cristo) nació y una estrella luminosa apareció en el cielo, los jentiles comprendieron que su tiempo había terminado. Aquellos gigantes paganos que habían dominado las montañas durante eras se arrojaron a las simas o huyeron hacia el norte, incapaces de soportar la nueva luz.
Pero uno de ellos no huyó. Olentzero, un jentil diferente, miró la estrella y, en lugar de terror, sintió curiosidad. Bajó de las montañas hasta los valles donde vivían los humanos y aceptó la nueva era. Se hizo carbonero y vivió entre los hombres, fabricando carbón en los bosques.
Cada año, en la noche más larga –el solsticio de invierno–, Olentzero baja de la montaña cargando su saca de carbón. Pero en lugar de carbón negro, trae regalos para los niños que se han portado bien. Su figura regordeta, su boina y su pipa se han convertido en símbolo de la Navidad vasca.
La leyenda de Olentzero representa la transición entre el mundo antiguo y el nuevo, entre el paganismo y el cristianismo, pero también el renacimiento de la luz tras la noche más oscura del año. Es el último jentil que se convirtió en el primero de una nueva tradición.
Donde Olentzero trabaja como carbonero, fabricando el carbón que transforma en regalos.
Las cumbres de donde bajaban los jentiles y donde Olentzero tiene su hogar.
Olentzero es uno de los personajes más queridos del ciclo festivo vasco, un carbonero de enormes proporciones que habita en las montañas durante todo el año alejado de la civilización. En la noche del veinticuatro de diciembre baja al pueblo cargado de regalos para los niños, dejando atrás temporalmente su mundo de pinos y niebla.
Las versiones más antiguas lo presentan como un ser ambiguo, capaz de traer alegría pero también de asustar con su aspecto descuidado y su tamaño fuera de lo común. Con el tiempo la figura se fue suavizando hasta convertirse en el entrañable géiser navideño que hoy recorre las calles de los pueblos vascos en procesión festiva.
Los investigadores del folklore vasco vinculan a Olentzero con rituales de solsticio de invierno previos al cristianismo, en los que un personaje representando el año viejo bajaba de la montaña para ser recibido y luego simbólicamente renovado. El carbonero tizando sería así una versión humanizada del invierno mismo.
Que esta figura haya sobrevivido con tanta vitalidad en el siglo veintiuno dice mucho sobre la capacidad de la cultura vasca para mantener sus propias tradiciones sin necesidad de pedir permiso a los calendarios culturales ajenos. Olentzero es irrevocablemente vasco, y eso le garantiza su permanencia.