
Ríos y fuentes
Donde se negociaban los pactos con las Lamiak.
— Los tratos peligrosos que las Lamiak ofrecen —
Las Lamiak son conocidas por establecer pactos con los humanos que acuden a ellas desesperados. A cambio de ayuda —construir un puente en una noche, curar una enfermedad incurable, traer fertilidad a los campos yermos—, piden algo a cambio. Y esas condiciones nunca son sencillas.
Un molinero de Aizarnazabal hizo un pacto con las Lamiak para que su molino funcionara toda la noche sin vigilancia de nadie. A cambio, debía dejarles un cuenco de leche fresca cada noche en la piedra del río. Durante años, el molino funcionó perfectamente y el molinero prosperó.
Pero una vez, solo una vez, el molinero olvidó dejar la leche por descuido. Al día siguiente encontró el molino destrozado, las piedras partidas en dos, y un mensaje grabado en la madera: "Quien rompe un pacto, pierde más de lo que ganó".
Otros pactos eran más inquietantes: dar el nombre del primogénito, entregar un mechón de pelo cada luna llena, o prometer no casarse nunca. Los ancianos advertían: las Lamiak siempre cumplen su parte del trato con exactitud, pero también exigen que los humanos cumplan la suya. Y el precio del incumplimiento siempre es terrible.

Donde se negociaban los pactos con las Lamiak.

Testimonios de los pactos cumplidos.
No todos los pactos entre humanos y seres del monte se negociaban en un momento de crisis. Muchos eran acuerdos tácitos, heredados de generaciones anteriores y mantenidos sin que nadie los redactara ni firmara explícitamente. Eran parte del paisaje invisible que organizaba la vida en el territorio.
El pastor que dejaba cada noche el primer cuenco de leche junto a la puerta del establo para el Basajaun, la mujer que barría el umbral hacia afuera antes del amanecer para no barrer hacia dentro la buena fortuna, el niño que no debía silbar después de la puesta de sol por respeto a las entidades nocturnas: todos cumplían pactos que nadie había negociado personalmente.
La naturaleza de estos pactos tácitos era que su origen se había perdido en la memoria generacional pero su vigencia no. Nadie podía decir cuándo ni quién había establecido que el fuego no debía apagarse el primer lunes de mes, pero todos en el caserío sabían que esa regla se cumplía.
Esta dimensión de compromisos heredados sin contrato escrito refleja cómo las culturas orales construyen sus sistemas normativos: no por legislación explícita sino por acumulación de prácticas que el tiempo convierte en obligaciones tan sólidas como cualquier ley escrita. El folklore vasco es también un código civil invisible pero efectivo.