Fuentes y manantiales
Los puntos de agua son los lugares favoritos de las lamias para peinar sus cabellos.
— El encuentro junto a la fuente —
Junto a fuentes cristalinas y arroyos de montaña, los viajeros pueden encontrar a una lamia peinando su larga cabellera dorada con un peine de oro puro. La escena fascina a quien la contempla: una mujer de extraordinaria belleza, con pies palmeados que oculta bajo el agua, cantando suaves melodías.
Muchos han caído en la tentación de robar el preciado peine mientras la lamia se distrae. Pero quien comete tal osadía pronto descubre su error: la lamia le persigue sin descanso, día y noche, a través de montes y valles, sin darle tregua ni reposo.
Solo devolviendo el peine puede el ladrón librarse de la maldición y recuperar la paz. La lamia no busca venganza, sino justicia: lo que es suyo debe retornar a ella. Algunos dicen que quien devuelve el peine con genuino arrepentimiento recibe un don: el conocimiento de tesoros ocultos o la bendición de buenas cosechas.
El mito advierte sobre la codicia y el peligro de tomar lo que pertenece al mundo sobrenatural. Lo que brilla junto al agua puede tener un precio demasiado alto.
Los puntos de agua son los lugares favoritos de las lamias para peinar sus cabellos.
Las corrientes de agua donde los viajeros encuentran a las lamiak.
Junto a la húmeda vera de cristalinos arroyos montañosos pirenaicos mora una de las divinidades fluviales más amigables e inquietantes: la Lamia. Ostentando un brillante peine fabricado completamente de delicado oro macizo, entonan melancólicos e hipnotizantes cantos que enloquecen a cualquier viajero desorientado.
Infinidad de cuentos campesinos arrancan cuando un encauto pastorcillo atisba furtivamente a la criatura bañándose expuesta al sol matinal. Envuelta distraídamente en sus delicadísimos rituales coquetos, la ninfa puede llegar a posar descuidadamente su reluciente tesoro, un segundo fatal que es aprovechado por los avariciosos.
Al percatarse amargamente del robo la deidad agraviada desencadena una persecución colosal. La veloz carrera descontrolada saltando inmensos precipicios pedregosos amenaza incesantemente la precaria vida del infeliz campesino, mientras los lamentos de la ninfa desgarran sus jóvenes oídos temblorosos.
Este clásico atemporal funciona tenazmente como férreo castigo preventivo hacia la codicia impulsiva inmadura. El relato reitera invariablemente que ninguna codicia mortal consigue impunemente perturbar sin consecuencias la paz impuesta milenariamente por la mismísima señora del río.