
Caseríos de Euskal Herria
Donde los Iratxoak hacen sus travesuras.
— Cuando los Iratxoak encuentran diversión en las desgracias menores —
En las noches de luna nueva, cuando el caserío duerme en silencio, se escuchan risas agudas entre las vigas del techo. Son los Iratxoak, pequeños duendes traviesos que encuentran infinita diversión en las desgracias menores de los humanos que habitan la casa.
Atan los cordones de los zapatos entre sí mientras sus dueños duermen. Esconden las llaves en lugares imposibles donde nadie miraría jamás. Hacen que la leche se corte y que las puertas chirríen sin razón aparente. Y cuando el dueño de casa tropieza o maldice frustrado, las risas suenan más fuertes, multiplicándose por todos los rincones oscuros del caserío.
Los ancianos sabían que enfadarse con los Iratxoak era el peor error que podía cometer uno. Cuanto más furioso estaba el humano, más disfrutaban los duendes con su espectáculo. La ira humana era su alimento favorito, su mejor entretenimiento.
La única forma de calmarlos era dejarles un cuenco de leche fresca junto al fuego cada luna nueva y fingir que nada había pasado. Al amanecer, el cuenco estaría vacío y la paz regresaría al hogar... hasta la próxima luna nueva, cuando todo comenzaría de nuevo.

Donde los Iratxoak hacen sus travesuras.

Los lugares favoritos de los duendes.
Los pequeños duendes desordenan el hogar y se ocultan mientras la familia intenta descubrir qué sucede.
Su risa convierte cada contratiempo en una provocación: cuanto más se enfadan los habitantes, más parece divertirse el visitante invisible.
La ofrenda permite cambiar la relación y terminar la disputa dentro del cuento. La respuesta deja de ser una persecución.
El relato utiliza el humor para hablar del desorden cotidiano y de la dificultad de controlar todo lo que ocurre en casa.