
Caseríos de Euskal Herria
Donde los Iratxoak hacen sus travesuras.
— Cuando los Iratxoak encuentran diversión en las desgracias menores —
En las noches de luna nueva, cuando el caserío duerme en silencio, se escuchan risas agudas entre las vigas del techo. Son los Iratxoak, pequeños duendes traviesos que encuentran infinita diversión en las desgracias menores de los humanos que habitan la casa.
Atan los cordones de los zapatos entre sí mientras sus dueños duermen. Esconden las llaves en lugares imposibles donde nadie miraría jamás. Hacen que la leche se corte y que las puertas chirríen sin razón aparente. Y cuando el dueño de casa tropieza o maldice frustrado, las risas suenan más fuertes, multiplicándose por todos los rincones oscuros del caserío.
Los ancianos sabían que enfadarse con los Iratxoak era el peor error que podía cometer uno. Cuanto más furioso estaba el humano, más disfrutaban los duendes con su espectáculo. La ira humana era su alimento favorito, su mejor entretenimiento.
La única forma de calmarlos era dejarles un cuenco de leche fresca junto al fuego cada luna nueva y fingir que nada había pasado. Al amanecer, el cuenco estaría vacío y la paz regresaría al hogar... hasta la próxima luna nueva, cuando todo comenzaría de nuevo.

Donde los Iratxoak hacen sus travesuras.

Los lugares favoritos de los duendes.
Hay en la tradición vasca una corriente de relatos que no asustan por lo terrible sino por lo inquietante, donde el elemento perturbador no es la violencia ni la muerte sino algo mucho más inaprensible: una risa que no tiene cuerpo visible. Una risa que surge del interior de una cueva, de detrás de una roca o de algún punto indefinido del bosque donde nadie está.
Los que la escuchaban describían el sonido como totalmente humano en su timbre y cadencía, que era precisamente lo que lo hacía tan desconcertante. Un gruñido o un aullido podría atribuirse a un animal, pero una carcajada precisa y articulada en un lugar donde no había nadie desafiaba toda categorización tranquilizadora.
Algunos relatos identificaban estas risas con los iratxoak, geniecillos traviesos que encontraban divertida la confusión y el miedo de los humanos. Otros las atribuían a las almas de los muertos que observaban el mundo de los vivos con una distancia que hacía risible la gravedad con que los mortales toman sus asuntos cotidianos.
El humor como atributo de lo sobrenatural es uno de los aspectos menos explorados de la mitología vasca y uno de los más reveladores. Una tradición que dota a sus entidades invisibles de sentido del humor implica que el universo mismo no es completamente serio y que nuestra solemnidad como especie es, también, materia de entretenimiento cósmico.