Establos de caseríos
Donde los Iratxoak asustan al ganado durante las noches oscuras.
— Las travesuras de los Iratxoak con los animales —
Los pastores conocían bien las señales: cuando las ovejas se dispersaban sin motivo aparente, cuando las vacas mugían aterradas en mitad de la noche, cuando los caballos relinchaban y rompían sus ataduras para huir del establo... Eran los Iratxoak haciendo de las suyas.
Estos pequeños duendes traviesos encontraban infinita diversión en asustar al ganado. Tiraban de las colas de las vacas, hacían ruidos extraños en la oscuridad del establo, y a veces se montaban en el lomo de las ovejas para cabalgarlas como pequeños jinetes enloquecidos, dejando al animal exhausto y tembloroso al amanecer.
Un viejo pastor de Aralar contaba que la única forma de proteger al ganado era colgar herradura de hierro sobre la puerta del establo y dejar un cuenco de leche fresca cada noche. Si los Iratxoak encontraban la ofrenda, se entretenían con ella y dejaban en paz a los animales. Si no, las travesuras continuaban hasta que alguna oveja se despeñaba o alguna vaca dejaba de dar leche por el susto.
Los animales más afectados eran siempre los de dueños tacaños o irrespetuosos con las viejas tradiciones. Los Iratxoak parecían castigar especialmente a quienes olvidaban que los pequeños seres del hogar también merecen respeto y atención.
Donde los Iratxoak asustan al ganado durante las noches oscuras.
Praderas donde el ganado pasta y los duendes acechan al anochecer.
Custodiando los frondosos matorrales gélidos vascos, los solitarios pastores aguardaban miedosos la inquietante espesa niebla cantábrica invernal oscurecida. Conocían sobradamente asustados que oculto invisible entre la escarcha blanquecina traicionera vagaba fiero oscuro y amenazante un antiguo maléfico y legendario espectro milenario.
Sorpresivamente ineludiblemente el quieto pacífico dócil rebaño ovejero enloquecía súbito dominado invadido trágicamente por un misterioso místico pánico irracional feroz y ciego. Sus constantes desesperados aullidos balidos gemidos fúnebres alertaban de forma milagrosa trágica y sombría que la oscura aterradora inexpugnable divinidad nocturna asquerosa cruzaba majestuosa e invisible la húmeda neblinosa colina pedregosa altiva.
Acorralados tiritando frágiles desamparados mudos y cobardes los jóvenes asustadizos cabreros humanos abrazaban rezando aclamando devotamente cálidos e imponentes misteriosos resplandecientes trozos oxidados rojizos del sagrado milagroso protector y fiero hierro terrenal místico.
Misteriosa mágica solemne gloriosamente la temible salvaje fúnebre entidad oscura lúgubre frenaba cesaba retrocedía desapareciendo evaporando huyendo dócilmente y pacíficamente. Así devolvía victoriosamente milagrosa divina espléndida y protectoramente bendecida la vital necesaria apacible tranquila y rústica calma serena inquebrantable a las frágiles verdes escarpadas tierras cantábricas vascas oscuras y remotas heladas vírgenes.