Anboto cave
Donde Mari crió a los gemelos y donde Mikelats permanece.
— Mari's conditions for freeing a son —
Mari crió a sus hijos gemelos, Atarrabi y Mikelats, en las profundidades de su cueva de Anboto. Pero llegó el día en que ambos desearon salir al mundo exterior, conocer la luz del sol y caminar entre los humanos.
La diosa madre les impuso una condición: solo uno podría salir, y para ello debería hacerlo antes del primer rayo del amanecer. Quien quedara atrapado por la luz del sol dentro de la cueva, permanecería para siempre junto a Mari. Era una prueba de ingenio, no de fuerza.
Atarrabi, el más astuto, ideó un plan. Colocó una oveja en la entrada de la cueva para que proyectara su sombra hacia el interior. Cuando los primeros rayos de sol llegaron, Atarrabi corrió detrás de la sombra de la oveja, que lo protegió de la luz. Así escapó, aunque su propia sombra quedó atrapada para siempre en la cueva.
Mikelats, que confiaba en su fuerza bruta, intentó correr más rápido que la luz. Fracasó. Los rayos del sol lo alcanzaron y quedó encadenado en las profundidades, al servicio eterno de su madre.
Donde Mari crió a los gemelos y donde Mikelats permanece.
Hacia donde Atarrabi escapó para enseñar a los humanos.
En los momentos de mayor desesperación, cuando la medicina de los humanos había agotado sus recursos y la vida de un ser querido pendía de algo más frágil que la esperanza, las madres vascas sabían a quién dirigirse. La petición a Mari no era una oración sino una negociación, y sus términos eran siempre muy concretos.
Una madre cuyo hijo enfermaba gravemente en pleno invierno subía sola al monte, buscaba un lugar sin testigos y ofrecía a la diosa algo de igual valor a lo que pedía. Ofrecer trabajo, tiempo, abstinencias o renuncias específicas a cambio de la recuperación del niño era el lenguaje que Mari comprendía mejor.
Si el niño sanaba, la madre debía cumplir exactamente lo prometido en el plazo prometido sin excusas ni dilaciones. Incumplir o intentar renegociar el trato una vez que la diosa había cumplido su parte desencadenaba consecuencias mucho peores que las que motivaron la petición original.
Esta ética del cumplimiento riguroso de las promesas hechas a las fuerzas superiores impregna toda la relación entre los humanos vascos y su mundo sobrenatural. No es devoción ni fe ciega sino algo más parecido a la honradez comercial: ambas partes cumplen lo pactado o el sistema de intercambio se rompe para siempre.