Sierra de Aralar
Montañas donde según la tradición trabaja el Olentzero haciendo carbón.
— El carbonero de la Nochebuena —
El Olentzero es uno de los personajes más queridos de la tradición vasca. Se le representa como un carbonero rechoncho de mejillas sonrosadas, vestido con ropas de campesino y una txapela. Según la tradición, baja de las montañas cada Nochebuena para traer regalos a los niños.
Aunque hoy está asociado a la Navidad, sus orígenes son mucho más antiguos. Representa la culminación del ciclo del solsticio de invierno, el renacimiento del sol y la llegada de días más largos. Es símbolo de abundancia, celebración y unión familiar.
El nombre Olentzero tiene origen debatido. Algunos lo relacionan con olen (tiempo de lo bueno) u olentzaro (época de lo bueno). Otras teorías lo vinculan a ollo (paja) o olo (avena), elementos relacionados con rituales agrícolas del solsticio.
En diferentes zonas del País Vasco recibe variantes como Olentzaro, Olentzero, Orantzaro o Subilaro. Cada comarca ha conservado matices propios de esta figura ancestral.
El origen mítico del carbonero que baja de las montañas cada Nochebuena.
Los gigantes y su huida ante la estrella que anunciaba el nacimiento de Cristo.
El fuego sagrado del hogar y su importancia en las festividades invernales.
Los gigantes huyeron al ver la estrella que anunciaba el nacimiento de Kixmi (Cristo).
En lo profundo del bosque y la mitología vasca rural, desciende cada duro invierno una de las figuras antropológicas más amadas y en constante evolución: Olentzero. Lejos de la modernizada y afable reinterpretación actual, la figura ancestral remite a arquetipos paganos del solsticio de invierno.
Originariamente, era descrito como un gigantesco carbonero ermitaño, hosco, manchado de hollín y provisto de una fuerza sobrenatural, que habitaba permanentemente apartado en las altas cumbres envuelto en humo y soledad.
En la época precristiana, la llegada del invierno conllevaba el terror por la progresiva mengua del Sol (Eguzki). Las tribus de pastores temían que la Madre Tierra (Amalur) perdiera su fuente diaria de luz. Olentzero simbolizaba aquel umbral de máxima oscuridad (el 24 de diciembre). Como tiznado señor de los fuegos de leña, bajaba anualmente a los poblados para festejar con abundancia desmedida (las viejas historias le atribuyen un voraz apetito por el vino y rústicas comidas cantábricas) el renacer augurado del sol nuevo.
Era el embajador salvaje de la luz de la naturaleza entre los vascos euskaldunes.
Con la irrupción arrasadora del cristianismo y su choque frontal con los últimos jentiles que adoraban en cuevas, la figura de Olentzero se amoldó drásticamente en la narrativa popular. Transmutó de un genio asilvestrado y crudo que rebanaba cuellos a los niños sin dormir por chimeneas a un heraldo de buenas nuevas evangélicas.
Se le asignó el rol noble de enterarse, antes que nadie al estar en los altos montes de paso, del gran nacimiento místico de "Kixmi" (Cristo). De esta forma, el pagano portador de la naturaleza bajaba pletórico hacia la frontera civilizada a esparcir el anuncio de salvación. Posteriormente asimilaría gradualmente a la costumbre moderna, impulsada sobre el siglo XX, del reparto de regalos navideños junto a su entrañable compañera de mitología readaptada contemporánea Mari Domingi.